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El vínculo más sagrado

28 Julio 2017
Autor  Heidi Calderón Sánchez
Foto: Irene Pérez/Cubadebate

En la actualidad se pueden percibir tendencias de retorno a lo natural en todos los ámbitos de la vida, la ciencia se ha vuelto nuestra aliada inseparable y si siempre es bien encaminada son incalculables los beneficios del saber dotado, pero hay herencias que nos rigen desde el reino animal que no podemos descuidar.

Los vínculos de una madre con su hijo, el embarazo, el parto y la lactancia no pueden ser sustituidas por tecnicismos, por los menos hasta el momento no existen, métodos capaces de sustituirlas a cabalidad, y que bueno, porque son vitales para la vida sana de nuestra especie.
Algunos especialistas en neonatología se refieren a los primeros momentos de vida fuera del útero como "la hora sagrada", pero no son exactamente 60 minutos, en realidad con hacen referencia a un tiempo ininterrumpido de contacto directo piel con piel entre el recién nacido y la madre.
Durante esa "hora" de contacto íntimo, según los expertos, se suceden de manera natural varios comportamientos observables que conducen al bebé hasta su primera toma de leche materna.
Todo empieza en el embarazo, científicos de la Universidad de Navarra investigaron la relación entre madre e hijo desde el embarazo y descubrieron que esta unión se produce tanto a nivel celular como en el apego afectivo desde que la mujer queda embarazada. A partir de que el embrión atraviesa las trompas de Falopio, se envían avisos moleculares que la preparan a ella y al bebé para pasar nueves meses en simbiosis, es decir, brindándose mutuo apoyo.
Durante el embarazo, la mujer deja de segregar la hormona cortisol, lo cual ayuda a que la madre pueda reducir sus niveles de estrés. Al mismo tiempo almacena oxitocina en las neuronas del cerebro, las cuales se empiezan a liberar al quinto mes de embarazo y son las encargadas de generar confianza en la madre y desarrollar la capacidad para conocer las necesidades de su bebé. Durante el parto, la oxitocina que quedó almacenada se libera, lo cual refuerza el vínculo de apego con el hijo.
Es bien sabido que cuando una madre amamanta a su bebé refuerza su lazo y afecto maternal, sin embargo, un estudio realizado por científicos de la Warwick University descubrieron que la acción de succión por parte del bebé cambia la forma en cómo se comporta el cerebro. Como resultado, el cerebro de la madre segrega grandes cantidades de oxitocina, también conocida como la “hormona del amor”, que provoca que la mamá tenga sentimientos de amor, confianza y afecto.
Nadie sabe mejor lo que necesita un bebé que su mamá. Y es que, de cuerdo con el informe de la Universidad de Navarra “Células madre y vínculo de apego en el cerebro de la mujer”, la maternidad provoca cambios funcionales en el cerebro, por esa razón la madre responde con más intensidad al llanto que a la risa del hijo, lo cual facilita el cuidado al reconocer mejor las necesidades que el niño reclama cuando llora.
Las feromonas, esas sustancias químicas que secretamos con el fin de provocar comportamientos específicos en otras personas, también las liberan los bebés. Eso quiere decir que una mamá puede identificar a su bebé simplemente con el olor. De hecho, en un estudio, el 90 por ciento de las madres fueron capaces de identificar a sus recién nacidos por el olor, sólo después de haber pasado únicamente 10 minutos con ellos.
Los bebés también pueden reconocer a su mamá sólo con el olor. Investigadores de Japón descubrieron que cuando un bebé huele la leche de su propia madre los niveles de angustia y dolor se alivian que cuando son expuestos al olor de la leche de otra mujer. En resumidas cuentas, las feromonas motivan a la madre a cuidar a su hijo y al hijo a estar cerca de su mamá.
No sólo el olfato crea lazos de unión. Investigadores del Colegio de Medicina de Baylor realizaron un estudio en donde se tomaron imágenes de resonancia magnética del cerebro de mamás mientras veían fotos de sus propios hijos y de otros niños con caras felices, tristes y neutrales. Los científicos descubrieron que cuando las mujeres veían las fotos de sus propios hijos sonriendo, las partes asociadas con el procesamiento de la recompensa y con el neurotransmisor de dopamina respondían mejor y con más fuerza que cuando veían fotos de otro niños.
En un estudio muy similar realizado por la Universidad de Oxford, un grupo de mujeres pasaron por una máquina de resonancia magnética mientras veían las imágenes de sus bebés. Al salir, muchas de ellas coincidieron que cuando vieron las fotos de sus propios hijos sintieron un impulso grande por abrazarlos. Los investigadores llegaron a la conclusión de que las respuestas que las madres tienen por sus hijos es biológica y que existen sistemas cerebrales muy particulares que ayudan a forjar esta relación entre madres e hijos.
No podemos negar que entre la madre y el bebé existen una conexión biológica, pero no se puede descartar la parte fisiológica. De acuerdo con el endocrinólogo y escritor Deepak Chopra, el contacto físico puede tener un gran efecto positivo en los bebés. La cercanía del contacto físico ayuda a liberar oxitocina, que reduce el dolor y el estrés. Entre más cercanía de la madre, menos estresado estará el bebé y este alivio es la clave para poder entender cómo ese vínculo temprano influye en la salud del bebé.
Idealmente el contacto directo piel con piel debería empezar inmediatamente después del nacimiento y continuar hasta la primera toma de leche materna.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) así lo recomienda en su informe de 2012: "Los recién nacidos que no tienen complicaciones deberían estar en contacto piel con piel con sus madres durante la primera hora después del nacimiento para prevenir la hipotermia y para promover la lactancia materna".

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