La mujer, media naranja y no cáscara
A las mujeres, el rosado, las flores y las mariposas, los bordados, las faldas y vestidos, los aretes, collares, pulsas y anillos, el pelo largo y las uñas pintadas, el maquillaje,la delicadeza, el comportamiento discreto, la risa sorda, la complacencia. A las mujeres, la casa, las costuras, las labores domésticas, la atención del marido, la crianza de los hijos. El sexo débil.
El concepto de ‘mujer’ está tan estereotipado como la mujer misma, en una sociedad, que a pesar de sus avances en materia de igualdad de género, continúa viendo a las féminas en una ‘casa de muñecas’ -como por allá, en 1879, así también lo considerara el escritor noruego Henrik Johan Ibsen en su texto de igual nombre, entre los primeros guiños al ‘tema’ en la literatura.
Así, el hombre entonces representante del sexo fuerte, se escenifica como el otro yo en la batalla de géneros, que a pesar de la misma hoy día carecer en gran medida de cualidades bélicas, deja a la mujer violentada en lo sexual, psicológico, económico, cultural...
Y el hombre, no necesariamente tiene la culpa, porque es resultado de una sociedad que nació creyendo en la tradición judaica-cristiana-musulmana donde Dios creó al hombre, y luego de él, a la mujer, porque no era bueno que estuviese solo. Es normal que se sienta con derechos sobre ella, que crea que le pertenece.
A pesar de tantos movimientos mundiales que apuestan por la aniquilación de las disputas entre el patriarcado y un posible matriarcado que solo desencadenaría más barbarie, del establecimiento de días como el 25 de noviembre, por la no violencia contra la mujer tras episodios trágicos como el asesinato de las hermanas Mirabal en 1960, las diferencias de género todavía vegetan porque son ideologías bien arraigadas en el inconsciente colectivo, tal vez por lo que se ha acordado en llamar ‘compasión femenina’, o Femichismo, de acuerdo al escritor hondureño Julio Escoto.
Julio creó este neologismo como un derivado del sintagma nominal machismo femenino; una actitud discriminatoria asumida por las mujeres y contra las mujeres, que lejos de eliminar el machismo lo afianza, lo multiplica y transmite en cantidades preocupantes, que lejos de lograr el igualitarismo de sexos fomenta las diferencias entre las mujeres y los hombres.
Y la solución no es cambiar el género dominante en esta precaria jerarquía social como han pretendido y pretenden algunos movimientos feministas en el mundo. La solución es aniquilar, de una vez y por todas, el machismo femenino en todos los ámbitos de la vida posibles.
Según Elsa Mireya Álvarez, especialista en el tema, no hay que instalarse en el papel de víctimas y permitirlo. Tampoco es una guerra de sexos. “(...) La propuesta es el fomento al respeto mutuo, el amor correspondido, el ser la media naranja... ¡no la cáscara! Debemos aprender que somos tan diferentes como iguales, tan complementarios como independientes (...)”, expresó.