Feliz, el mejor de los estados civiles
Desde niños aprendemos que la vida se compone de las capacidades de nacer, metabolizar, crecer, responder a estímulos externos, reproducirse y morir.
A pesar de la rigurosidad de esa determinación, la vida no puede ser entendida porque alguien lo haya dicho o lo diga, como una suma de etapas o un programa inalterable de acciones. La vida tiene que ser necesariamente lo que cada quien decida y haga feliz, por supuesto, sin rebasar las fronteras de lo jurídicamente establecido.
En cuestiones de relaciones de pareja, por ejemplo, muchas culturas han definido un orden: el enamoramiento, el noviazgo, el casamiento y la concepción de hijos; o sea, que de la soltería se debe pasar al estado de casado, una situación que ha de mantenerse hasta la muerte (momento en el que el cónyuge vivo pasa a ser viudo).
Pero como la vida no es un cuento de hadas, la sociedad instituyó, en caso de acabarse el amor, bien común en nuestros días, un cuarto estado civil: el divorciado (en ocasiones no pasa de llamarse separado, al no disolverse formalmente el matrimonio).
Hay quienes prefieren, ya sea por la educación recibida, las creencias o gustos personales, respetar el orden tradicional para las relaciones de pareja, como la amiga Raquel.
Para ella el casamiento es su meta. “Casarse es alcanzar madurez, tener reconocimiento social y ser respetada por todos. El hombre que no quiera contraer nupcias conmigo para mí no existe”, manifestó. Yo vivo soñando desde niña con mi casamiento, en vestirme de blanco y lucir un anillo, en que cuando se vayan a referir a mí digan: ella es Raquel, la esposa de...” añadió.
En cambio, Clara tiene una posición más actual, pues para ella una boda nunca ha significado nada. “Firmar en un papel no quiere decir que ame más”, señaló. “Mi pareja y yo vivimos juntos hace 10 años y tenemos un hijo de tres. Hemos hecho amigos, adquirido bienes materiales, concebido proyectos y formado una sólida familia, y nunca hemos formalizado el matrimonio; ¿acaso por eso vale menos nuestro amor?”

A la forma de unión matrimonial que mantienen Clara y su marido, diversas bibliografías la definen como consensual y su estado sería el de conviviente, en el argot popular se le llamaría ajuntados o novios modernos; muy típico en nuestros días.
Aunque de manera legal esta relación no es reconocida, ambos son entendidos como cónyuges. El Código de Familia en su artículo 25 es muy claro al respecto: “Los cónyuges deben vivir juntos, guardarse la lealtad, la consideración y el respeto debidos y ayudarse mutuamente”.
Esta es una situación que viene desarrollándose desde hace tiempo. Si consultamos la tasa de nupcialidad en Cuba en los últimos 20 años podemos observar que no ha sufrido grandes variaciones, se mantiene entre los 4.5 y los 5.9 matrimonios celebrados por cada mil habitantes; pero dichos números adquieren otra connotación si los comparamos con los de las décadas del ’70 y ’80, etapas en las que la tasa alcanzó cerca de los 17 por cada mil.
Quizá el comportamiento esté dado por las transformaciones que en materia de economía y sociedad han venido ocurriendo en la Isla, que a su vez han provocado cambios culturales, como por ejemplo el deterioro de la familia como institución, el hecho de que la boda ya no es una condición para el inicio de las relaciones sexuales, la poca simpatía por la realización de trámites, y la eliminación de las gratuidades a los novios.
Los bajos salarios y la subida desorbitante de los precios de los productos, que implica muchas veces se vean imposibilitados de comprar los anillos y de pagar los arreglos de la ceremonia con el buffet, el contrato de fotos y la luna de miel...
Los estados civiles fueron creados para ordenar a la sociedad, para evitar el libre albedrío, pero no deben ser entendidos como estados obligatorios ni rígidos. Que encontrar el amor no signifique planes, estrategias o problemas. Que encontrar el amor sea motivo de alegría y bienestar. Que exista un único estado en nuestras vidas, el de la felicidad.