Por las calles de nuestra ciudad transita un hombre que se ha dedicado, cada día, durante cuarenta a luchar contra lo imposible. Se confunde entre los transeúntes, o los viajeros del transporte público mientras se dirige a su labor. No es un mago, o un elegido, ni practica la alquimia. Para hacer realidad lo imposible enfrenta al silencio y a la oscuridad, condiciones que ante su constancia se desvanecen.
Su nombre, Eduardo Isla Leyva, máster en ciencias, especialista en la enseñanza de personas con discapacidades visuales y auditivas, en diversos grados, ya sea por razones genéticas, producto de enfermedades u otros traumas.
De carácter afable, mediana estatura, conversador, confiesa que desde niño en su natal Las Tunas, y gracias a la labor de su maestro de primaria quien lo vinculó con un círculo de pedagogía, y lo nombró monitor, se despertó en él la vocación por la profesión de enseñar. Y sonríe cuando afirma que no existe mejor profesión, e insiste, yo sé que cada uno ama la profesión u oficio que realiza, pero como educar no hay otra.
Cursó estudios en la escuela pedagógica de Las Tunas, y al culminar los mismos por sus resultados académicos fue seleccionado para especializarse en sordo pedagogía, en el Instituto Enrique José Varona de Ciudad Habana, y en ese mismo centro, poco tiempo después se preparó para la educación a personas con discapacidades visuales.
Son procesos muy complejos, explica, no solo debes conocer las peculiaridades de los métodos de enseñanza, ante todo, tienes que identificarte con el ser humano y sus problemáticas. Por ejemplo, los sordos son personas bilingües, dominan el lenguaje de señas y las palabras, a ellos debes enseñarles el papel de la palabra, y que aprendan a utilizar el lenguaje de señas para comunicarse
Para los ciegos se emplea el sistema braille. Lograr que el niño lea en este sistema es muy trabajoso, pero con mucha paciencia puedes convertir en realidad lo imposible, entonces te embarga una emoción indescriptible. Igual sucede cuando ves a los niños sordos comunicarse entre ellos y con las demás personas que los rodean.
Durante mis años de trabajo he vivido infinitas alegrías, sin embargo, nunca he podido olvidar una que marcó mi vida. Sucedió hace mucho tiempo, en los inicios de mi labor docente. Al llegar a mi escuela, encuentro un niño, sordo, que a pesar del esfuerzo de los maestros anteriores no había podido articular ninguna palabra. Los padres aunque serenos mostraban cierta angustia ante la situación.
Asumí el reto, y después de muchas jornadas, un buen día, le dije al padre, tu niño te tiene una sorpresa, pero debes controlar tus emociones, no puedes llorar ante él, pues lo puede asumir como algo negativo. Entramos al aula y le pregunté al niño, -quién llegó. El niño con dificultad, pero muy bien resuelto dijo: papá. El hombre lo cargó lo abrazó, le dio un largo beso y después salió del local para llorar de alegría.
Esa anécdota realmente definió mi vida, reafirmó mi decisión de dedicarme a esta enseñanza. Actualmente mi trabajo es como asesor de la enseñanza, es decir la actualización constante del lenguaje de señas para los sordos y de nuevas técnicas para los ciegos.
Lo más importante, como educador, es sentir el placer de ver a la comunidad de sordos, invidentes o débiles visuales incorporados plenamente a la sociedad, como hombres y mujeres que construyen sus propias vidas.
Entonces pienso que junto a mis compañeros docentes, logramos vencer los imposibles de la vida y llevar alegría a muchas personas. Recuerdo a Martí, enseñar es una obra de infinito amor, y, todo hombre al llegar a la tierra tiene el derecho a ser educado y en pago contribuir a la educación de los demás. Esa es mi brújula diaria.