Me monto en el mototaxi y poco a poco me sonrojo. No es por el calor ni nada parecido, es la música, si se le puede llamar así, que sale de las bocinas enormes en el medio de transporte.
La música parece haber salido de la caldera de una hechicera, o quizá, del sombrero de copa de un mago. Porque es encantadora y encanta.