Nadie le enseñó que debía ser buena estudiante. Lo aprendió sola cuando fue grande -de edad-, cuando logró atarse los cordones de sus zapatos y peinarse sus rebeldes ondas, cuando vio a su vecinito convertido en un hombre de bien tras haber cursado “conscientemente” la universidad. Ser buena estudiante definiría su existencia, y convirtió eso en uno de sus más importantes proyectos de vida.