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Sí, es posible ser feliz

29 Agosto 2019
Autor  Fidel Troya
Foto: www.ipscuba.net

Sobre la felicidad han expuestos sus criterios filósofos, poetas, psicólogos, astrólogos, sociólogos, historiadores y otros tantos, empeñados en descifrar el contenido exacto de ese estado de ánimo que provoca satisfacción y bienestar espiritual; sin olvidar a los que, tratando de alcanzarla, vendieron su alma y su existencia al mismísimo diablo, y en ese acto del más primitivo mercado, perdieron para siempre la posibilidad de experimentarla.

 No debe olvidarse la eterna discusión sobre cuánto dura o vale la felicidad, contabilizándose en este epígrafe, los que reconocen solo momentos pasajeros; los que siempre tienen la cuenta en saldo negativo; en tanto otros, consideran que la placidez de ese estado es infinita e inagotable y se puede derrochar, ya que todo tiene su precio y la felicidad también demanda lo suyo.

No se percatan, en sus trasnochadas suposiciones, que a la felicidad no se llega por mayor o menor tenencia de bienes, sino por hacer de cada momento de la vida un instante inacabable que demande de la fuerza y la inteligencia, para superar tanto las dificultades, como para disponer el cuerpo y el espíritu al disfrute de los logrado.

Solo con un profundo optimismo y un objetivo sentido de la vida se puede experimentar el ansiado y en ocasiones fugaz momento de la felicidad, lo que no significa dejar de reconocer que el disfrute de ese estado se hace perdurable en la misma medida que te aporta ímpetu, vigor, bríos, que son como enseñazas morales eternas para convertirte en mejor ser humano.

Aun en las peores situaciones, personales o familiares, y con riesgo para la vida propia o ajena, cuando sabes que la vida escapa de quien no quieres que nunca deje de existir, si has hecho las cosas bien, si has hecho el mayor esfuerzo para que el final sea lo menos doloroso, si te has preparado espiritualmente para disfrutar la presencia del ser que viaja a otras dimensiones de la existencia, podrás disfrutar en la tristeza la felicidad de haber hecho el bien.     

Es posible entonces ser feliz. Sí, indudablemente, más aquí en esta isla inmensa donde como dice el poeta, “tenemos raíces y luceros,” aquí descansan mis padres, aquí crecen mis hijas y nietos, aquí he ayudado a construir modestamente un ideal de bien y esperanza para ellos, y eso me da el derecho a ser feliz todos los días del año.