Quienes habitamos entre los ríos Jigüe y Marañón somos cómplices de esta ciudad, al transitar por sus calles largas y rectas, parques o plazas surgidas o restauradas, sentimos todo el amor que un hijo profesa a sus padres.
La ciudad lo sabe y se muestra más alegre, juguetona, los árboles purifican con más fuerza el aire que respiramos, y si alguna llovizna ocasional se presenta, ríe al vernos correr en busca de refugio en sus amplios portales, es como un ardid para arroparnos y mostrarse agradecida por la devoción de sus hijos.
Yo he sentido el espíritu de la Ciudad, en enero al celebrarse su fecha de fundación, canta frente a la Catedral, o en febrero, cuando los parques acogen a los enamorados recién estrenados y ella presencia el primer beso, o bien, facilita un remanso de paz para aquellos que retornan al banco a recordar aquel beso, o una noche de pasión vivida en la complicidad de los portales.
Marzo es también un momento especial, llega la primavera, las flores comienzan a poblarla, o será acaso ella quien teje los ramos para que la engalanen en cada parque, y cual zalamera mujer provoque a los hombres para que detengan su paso y se fijen en su arquitectura como sensuales metáforas de su cuerpo.
En abril, sin embargo, la Ciudad es otra, se desborda de alegría, es incontenible, rinde tributo a sus antecesores, se inclina por respeto y veneración ante la Cruz y el Cerro, únicos accidentes geográficos con los que disputa su reinado.
Al llegar mayo, las lluvias intensas del ya cercano verano anuncian una Ciudad madura, responsable, conocedora de su gente y de sus hijos, que limpia sus calles para la festividad del Día de las Madres, y disfruta esa jornada con ímpetu, no deja espacio para la tristeza, es como si abrazara a los que sufren ausencias para fortalecerles y cuidarles.
Para junio, cuando abundan las tormentas eléctricas, la lluvia se torna intensa, las calles se inundan y alguna que otra vivienda sucumbe ante el paso del tiempo. La Ciudad se muestra con cierto nerviosismo, no puede evitar la intranquilidad que le provocan el viento y el cielo azabache que le impiden disfrutar de su Sol, sus habitantes marchan a paso rápido. Sin detenerse buscan refugio o marchan al hogar, sus calles se entristecen, poco a poco se van quedando vacías y la Ciudad llora incontenible la ausencia del bullicio.
Para muchos la Ciudad renace en julio, los espacios públicos permanecen abarrotados, las calles y comercios, las cremerías y restaurantes, los negocios particulares, los pregoneros, los vendedores ambulantes y los revendedores de cualquier cosa, luchan por un lugar, los visitantes se agolpan, caminan dentro y en medio de la multitud se pierden y se encuentran a cada paso.
La ciudad se agota, suda torrentes de hombres y mujeres, jóvenes de todas las edades, vestidos de muy diversas formas y colores, que mantiene en pie a esta urbe que añora la tranquilidad de los días del jique y el marañón.
Pero la Ciudad es sabia y espera al próximo mes, en agosto ella pondrá a prueba a todos, desde hace varias semanas la brújula de los tambores y la corneta china advierten el reto de la fiesta mayor, así a la vista de sus pobladores va tejiendo los espacios donde se bailará y tomará sin aparentes cautelas … en las horas previas al inicio del rumbón modifica su ritmo habitual, se torna provocativa, voluptuosa, incitante, aventurera y cómplice de los que hacen de la madrugada el tiempo favorito para las confesiones y tejen ilusiones mientras caminan en busca de algún rincón oscuro donde aliviar sus riñones.
El verano llega a su fin, ella lo sabe pero no se entristece, se muestra entonces con toda la sabiduría combinada de abuela/madre y respira tranquila, dichosa, sin poder evitar una lagrima en sus mejillas cuando miles de niños y niñas, con uniformes color vino cantan en las escuelas y los adolescentes cambian su voz, se encorvan las espaldas y se muestran tímidos e inseguros ante la urbe que renace en sus anhelos y esperanzas, y no reparan en septiembres grises.
Para octubre el ritmo es más pausado, todavía el peligro de los huracanes no ha terminado, y eso le recuerda a la Ciudad que es caribeña y está en la ruta de los desafíos de la naturaleza, la misma que condujo al Gran Almirante hasta sus cercanías que ella siente de manera muy peculiar, al mezclarse el linaje europeo de la edad media con el criollismo real/maravilloso, que asombra, embruja, seduce y manda
Las fragancias de octubre no se desvanecen en noviembre, la temperatura ayuda a la Ciudad a mostrarse íntima, casi tentadora, los atardeceres de cielos grises y románticos, invitan a disfrutar de las plazas que ofrecen sus bancos donde los cuerpos conspiran sobre el amor en un otoño tropical.
Todo cambia al llegar diciembre, la Ciudad recuerda que no es invierno ni verano, ni primavera ni otoño. Es simplemente un espacio para el amor, el disfrute, las esperanzas, los convites, y más de trescientos días para las ilusiones.