Que las redes sociales no sean nuestro mundo
Desde que apareció el Internet, y con él las redes sociales, todo parece más fácil. No hay distancias ni husos horarios que valgan. Están de pláceme los introvertidos, son pocas las diferencias amistosas y amorosas que encuentran el contexto ideal para desarrollarse, muchas las discrepancias estéticas, culinarias, políticas... que pululan cual bacterias en su huésped, y también muchos espías.
Y es que este nuevo medio de interacción social, hijo como usted y yo de la contemporaneidad, inmediato, cercano, con capacidades ilimitadas de comunicación, propicia la vida con tan solo un clic o un toque en el teléfono. Y no me gusta. Lo sencillo nunca me ha producido placer.
Hemos abandonado La Tierra. Ahora habitamos el ciberespacio. Hacemos vida en La Tierra, sí, pero la documentamos en el ciberespacio.
A los amigos de las redes, esos que hablan con nosotros por los chats, nos comentan y dan like nuestras publicaciones, apenas los conocemos por la calle, y no los saludamos, no intercambiamos palabras con ellos, para entonces contarles y mostrarles nuestra vida por Twitter, Facebook, Instagram, Imo, WhatsApp y YouTube.
Así como Natti Natasha, la reguetonera dominicana dice que si no se acuerda no pasó, aseguran que lo que no se publica en las redes sociales no existe. Por eso cuando me conecto veo un cúmulo inacabable de publicaciones que aluden a amores secretos y no correspondidos, gustos carnales incipientes, contradicciones, rupturas, nuevas relaciones, los paseos más asombrosos, los últimos encuentros familiares y acontecimientos ocurridos en nuestro jardín o a la mascota. Ya no hay nada íntimo que no pueda ser conocido luego de publicado.
Las opiniones ahora se camuflan en reacciones, y solo cinco: me gusta, me encanta, me asombra, me enoja y me entristece, y en comentarios que en la mayoría de las ocasiones son a base de stickers o los llamados y conocidos memes. Y cuando lo hacemos a través de palabras, a veces no nos cohibimos y decimos lo que pensamos sin medir consecuencias, cuando podemos expresarnos por interno, teléfono o cara a cara.
Ya no existen más las miradas in-discretas cuando nos gustamos, las palabras amables cuando nos cruzamos, el toque de manos. Hemos sido, porque me incluyo, arrastrados por la corriente de la Internet y sus redes sociales, y convertido en semiólogos de la Comunicación, estudiando el lenguaje de las reacciones, de los stickers, de las frasecitas de turno, de los fragmentos de poemas y canciones; permitiendo que además nos afecte cuando nuestro amigo está en línea y no nos saluda, o cuando dejamos un mensaje y no nos contesta.
Permítase salir de vez en cuando del ciberespacio, de seguro hay mucho que no conoce y no recuerda de La Tierra. Y cuando me vea en la calle salúdeme, si conoce mi número de teléfono llámame y si sabe dónde vivo visíteme. Qué el desarrollo no nos haga involucionar, más bien nos favorezca.