Un texto necesario
La próxima jornada de la prensa que iniciará el día cuatro de marzo y concluirá el 14, tiene como lema central la necesidad de construir un modelo de prensa público y del pueblo. Este empeño no puede realizarse desde la improvisación, sino desde una rigurosa visión profesional de la comunicación.
El texto, ¿Qué periodismo queremos? del destacado periodista e investigador Julio García Luis, es sin dudas, imprescindible en ese empeño renovador de la prensa cubana, y es el resultado de una paciente labor de compilación, y organización de la abundante papelería de Julio que realizó la periodista e investigadora Rosa Miriam Elizalde.
De su prólogo extraigo algunas ideas con el interés de motivar su lectura y buscarlo entre las próximas ofertas que la feria del libro traerá a la ciudad de los parques…
“El pensamiento de Julio reivindica el oficio de periodista en el socialismo como un pilar de la participación de la ciudadanía en la toma de las decisiones, sin desconocer que «la supervivencia de la Revolución es condición para la propia posibilidad de perfeccionarla»."
“Para los periodistas cubanos este libro es un pozo de sabiduría en momentos en que se concreta una política de comunicación en el país, que favorece las transformaciones en la gestión de la prensa cubana. Demuestra que los debates contemporáneos para consagrar la comunicación como derecho y bien público, son la continuidad de aquellos que se originaron al calor del proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, que tuvo lugar a mediados de los años ochenta del siglo pasado y generaron un pensamiento de altísimo nivel conceptual y propositivo, pertinente en los días que corren.”
“Cuba fue el primer país en hacer una revolución socialista a partir de una cultura de prensa occidental y moderna. Esa debió ser y puede ser aún una premisa válida para buscar un estilo de periodismo que sintetice aquellos criterios y los valores políticos y humanistas de la nueva sociedad», explica García Luis que no vio en los nuevos fenómenos asociados a las redes digitales los mayores peligros para el periodismo, sino en el «Envejecimiento, la mercantilización, la identificación con las cúpulas de poder y la renuncia a la función crítica y de servicio público» de la prensa. Una posibilidad de la cual no está excluida Cuba.
Con la misma fuerza que defiende un «sistema de Partido Único que preserve la unidad revolucionaria del pueblo» al tiempo que ofrezca «diversidad de puntos de vistas», Julio deja muy claro que los medios son funcionales como conjunto al sistema político prevaleciente y, por tanto, la propiedad de estos define estructuralmente las características de la prensa en la Cuba socialista, como en cualquier otro sistema social.
“Desde nuestra óptica, no deberíamos permitir que gane terreno entre nosotros el concepto extraño de que la propiedad social sobre los medios de información es excluyente con la variedad, la diversidad de opciones y el ejercicio del criterio independiente. Para nosotros, es precisamente la propiedad social la que debe garantizar el pluralismo de opiniones y el ejercicio de una prensa situada por encima de intereses privados y de grupos.”
De eso se trata, entre otras cosas, la democracia, afirma Julio que batalló contra las confusiones –sinceras o interesadas– de quienes pretendían el regreso de las empresas periodísticas privadas, cuya colusión con intereses políticos y económicos contradice el interés general y el bien común, y aportó un concepto clave para entender qué es la propiedad social de la prensa: «el derecho de toda la sociedad organizada a tener medios».
El lector, concluye Rosa Miriam, encontrará aquí muchas ideas de suma importancia para el fortalecimiento, no solo de los procesos comunicativos, sino de la práctica socialista en Cuba.