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El ingenioso machismo cubano

09 Enero 2019
Autor  Ania María Mulet Fernández

Aunque el mundo ya no es una “Casa de Muñecas” como considerara, allá en el lejano año 1879, el escritor noruego Henrik Johan Ibsen, en su texto de igual nombre, entendido hoy como la primera obra teatral feminista; el machismo existe. Una actitud que se remonta a los mismos orígenes de la vida en La Tierra, de acuerdo a la tradición judaica-cristiana-musulmana, cuando Dios creó al hombre, y luego, a la mujer, porque no era bueno que estuviese solo; es difícil eliminarla.

En Cuba, a pesar de los esfuerzos realizados por las mujeres y el Estado en pos de lograr la igualdad de género, el machismo todavía ‘vegeta’; ‘vegeta’ en las escuelas, centros de trabajo, medios de comunicación... y especialmente, en las casas. Pero no es el machismo común, no, ‘de la puerta para afuera’ intenta semejarse al opresivo e intransigente de la sociedad patriarcal burguesa del siglo XIX, ‘de la puerta para adentro’ es extremadamente ingenioso, pues su expresión se limita a la imposibilidad de ejecutar las tareas del hogar.

El tengo los pies inflamados para no fregar o lavar, el tengo dolor de cabeza para no botar la basura, y el tengo sacrolumbalgia para no buscar agua y los mandados a la bodega, o cambiar el bombillo fundido, son algunas de las más comunes y ‘serias’ excusas de los hombres cubanos trabajadores. Y la culpa de que nuestros señores continúen bombardeándonos con esos dudosos pretextos, es nuestra.

Las mujeres cubanas, con tal de no sobrecargar a los padres, abuelos, tíos, novios, convivientes y esposos asumen una segunda jornada laboral, de domingo a domingo, en ocasiones de más de ocho horas y sin remuneración alguna.

A esa considerada compasión femenina el escritor hondureño Julio Escoto denominó Femichismo, neologismo derivado del sintagma nominal: machismo femenino; una actitud discriminatoria asumida por las mujeres y contra las mujeres, que lejos de eliminar el machismo lo afianza, lo multiplica y transmite en cantidades preocupantes.

Con el fomento de las diferencias entre las mujeres y los hombres nunca se logrará el igualitarismo de sexos en la sociedad.

Y la solución no es cambiar el género dominante en esta precaria jerarquía social como han pretendido y pretenden algunos movimientos feministas en el mundo. La solución es aniquilar, de una vez y por todas, el machismo femenino en todos los ámbitos de la vida posibles.

Según Elsa Mireya Álvarez, especialista en el tema, no hay que instalarse en el papel de víctimas y permitirlo. Tampoco es una guerra de sexos.
“(...) La propuesta es el fomento al respeto mutuo, el amor correspondido, el ser la media naranja... ¡no la cáscara! Debemos aprender que somos tan diferentes como iguales, tan complementarios como independientes (...)”, expresó.

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