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Música, trap y ciencia

19 Diciembre 2018
Autor  Ania Mulet Fernández
Foto: Internet

La música parece haber salido de la caldera de una hechicera, o quizá, del sombrero de copa de un mago. Porque es encantadora y encanta.

Para bien, cuando por ejemplo, sirve de incentivo al trabajo, cual aquellas canciones, las de los labradores, los remeros... que mi generación conoció durante las clases de Español-Literatura del preuniversitario.

O para mal, cuando promueve actitudes y actos que se consideran negativos, según lo socialmente establecido, y así transmitido de generación en generación: la lujuria, la ebriedad, el machismo, la ira...

La música tiene el increíble poder de llevarnos donde ella quiere, o quiere el que la toca o canta. Por ejemplo, a evadir espionajes, descubrir verdades ocultas y a la victoria, si se utiliza como táctica, tortura sin contacto (interrogatorio mejorado) y arma de guerra; o a la muerte, en el caso de la dispensada por las sirenas en alta mar, por el famoso flautista de Hamelin, o por los alemanes, durante los asesinatos en masa judíos.

Según el neurocientífico Steven Pinkerla actúa en el cerebro de manera similar a nuestra comida preferida, así como no podemos parar de comerla, no podemos parar de escucharla, hasta convertirnos en obesos o seres estereotipados “musicalmente”. La música nos penetra, según nuestros valores, gustos, dudas, temores, metas...

Hay un género musical que imagino desde el 2015, año en el que tomó mayor popularidad, penetró en los “guapos” y en los que soñaban, o sueñan, con ser “guapos” en este el misceláneo planeta: el reggaetón 3.0, o sea, el trap latino, devenido del americano. La musiquita que promueve el famoso Bad Bunny (Conejo Malo en español), donde el sexo, las drogas y el manejo de armas son orden del día.

Esa que los holguineros escuchamos salir de las bocinas con rueditas en el portal de la casa de los vecinos, en la esquina, en un parque, en la radio...

Imagino sepan de lo que les hablo. De los grupitos de envalentonados que a partir de las diez de la noche comienzan a formarse en las calles de nuestra ciudad para “hablar de la vida” mientras veneran al trap, a su Dios con nombre terrenal: Benito Antonio Martínez Ocasio, el puertorriqueño Bad Bunny, y a los santos: Arcángel, De La Ghetto, Ozuna, Farruko, Daddy Yankee, J Balvin, Maluma y Yandel.

Y no lo digo yo, lo dicen estudios realizados en Estados Unidos y Colombia: la música repercute en los roles que unos y otros asumirán en el futuro.

Una investigación desarrollada en la Universidad de Iowa estableció por primera vez una relación directa entre las canciones violentas de algunos grupos musicales y las reacciones agresivas de los jóvenes. Cinco experimentos diferentes arrojaron que la influencia negativa afecta a los jóvenes independientemente de su personalidad y que el efecto acumulativo que ejercen las canciones con el cine, la televisión y los videojuegos provoca el peor resultado.

Sé que renunciar a la música no es la mejor opción, pero sí que se puede renunciar a la ficción de –la inocencia de la música–. Descartar esa ilusión, como acertadamente refiere Silvia Schnessel, no es menospreciar la música, es registrar el misterioso poder del medio.

“Admitir que la música puede convertirse en un instrumento del mal es tomarla en serio como forma de expresión humana”, considera.

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