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Que el ver y el ser estén en consonancia

14 Diciembre 2018
Autor  Ania Mulet Fernández
Imagen: Internet

Ella es lo que llamarían una persona orgánica. De esas que son como son, de las que actúan de acuerdo a su naturaleza. Pero no lo es, al menos no fuera de casa, con todas las “fieras” sueltas, sanguinarias, hambrientas de las debilidades y los defectos de los demás.

Puede sentirse mal, mas sale con una sonrisa. Finge ser feliz cuando en realidad es infeliz. Diseña minuciosamente sus pasos, gestos, palabras... y guarda bajo la manga, como buena maga, sus verdaderas intenciones.

Ella no es la única “orgánica” que existe en este mundo. Su modus operandi es un chip integrado en el disco duro de otros tantos, ya sea por aparentar fortaleza, agradar, conseguir algo, por miedo, dudas o inseguridades.

Y las personas lo saben. Saben cuándo alguien no es fiel a la verdad. Y entonces le ofrecen de su misma “medicina” (constituyendo así un círculo vicioso tóxico e infinito), o la apartan, la obvian de sus vidas (porque no se confía en ella).

Después no hay vuelta atrás. Lo perdido, perdido está. Cosecharemos en el tiempo lo que sembremos desde el principio... eso es claro.

La naturalidad es bien recibida no solo en la diaria interacción con los demás, sino también cuando conocemos a alguien nuevo. Hay quienes por agradar, cambian su forma de vestir, aparentan escuchar música o leer libros que no les gusta, y prefieren comer platos tan refinados como el famoso cassoulet de pescado de MasterChef, en vez de los sabrosos frijoles colorados de la abuela. No seamos lo que no somos.

Si te gusta o desagrada cierto tipo de música o película, debes decirlo. Si no quieres participar en alguna actividad que se te proponga, dilo, no finjas ser otro para ser aceptado.

Sin embargo, la naturalidad también ha de tener límites. El hecho de que seamos de una forma u otra no quiere decir que sea siempre lo más correcto. Si somos impulsivos, controlémonos; si somos demasiado directos, tratemos de no ser hirientes...

Pero aboguemos por la cultura de la naturalidad. La naturalidad nos engrandece, nos muestra a los demás con transparencia, no deja lugar a recelos y nos une.

Ser quien de verdad somos no es una debilidad, es una fortaleza, hace que las personas que se te acerquen obren con sinceridad y te quieran como eres, con tus virtudes y por supuesto, tus defectos.