Sobrevuelo las rectas calles de mi ciudad y observo a las personas. Todo lo que hemos construido a partir del sudor y el amor nuestro de cada día se extiende a mis pies hasta hacerse infinito.
Mi lugar es privilegiado, con solo una ojeada alcanzo a ver lejanos parajes y penetrar en lo más profundo de las almas. “Mirar” más allá del ojo humano me presenta un cuadro indescriptible. Mezcla de lo cotidiano con lo extraordinario, la gente y su vida me dibujan historias de héroes, princesas, gladiadores y villanos que defienden hasta las últimas consecuencias lo suyo: la aldea que se convirtió en ciudad y rompió pata siempre sus fronteras.
Tengo un sitio especial donde observo el presente y vislumbro claramente el futuro. Pero generalmente prefiero caminar entre la gente y sentir, oler, amar con ellos y para ellos. Cuando estoy con ustedes la vida transcurre diferente. Cada mañana se agradece y las horas pasan perdidas, como atontadas y felices por la estancia.
Me basta este delirio voluntario para existir y admirar a los que me rodean. En eso consiste mi fórmula y me niego a escuchar las palabras de los incrédulos que dudan y privan a sus ojos de lo real maravilloso del que ya es mi mundo. Sin embargo, la dicha de sentir como miles se ve disminuida por cierta soledad que me acompaña.
Hasta este momento mi paseo ha sido en solitario pero estoy segura que no volverá a ocurrir. Desde hoy, justo instante en que nos conocemos, su presencia será la mejor compañía. Estas líneas, las confidentes de mis observaciones y sus ojos el juzgado para las palabras, sílabas, diptongos, que enhebran mi sentir.
La travesía está trazada. Usted, timonel de la nave, yo el guía que nos conducirá por los caminos, mares y montañas para hacer que estas Miradas sean también las suyas.