Las Navidades, una de las mejores excusas del año
Dicen que Cuba es un eterno verano. Sus días soleados, lo verde de su entorno y sus paradisíacas playas magnetizan a aquel que, al menos por una o dos semanas, acude para olvidar los nublados, la lluvia, el frío, la nieve...
Hay quien ni nota el cambio de estaciones en la Mayor de las Antillas. El calor prácticamente ofrece resistencia todo el año, a no ser por los inoportunos frentes fríos que más que amenizar la temperatura, dejan a su paso impertinentes lloviznas y mucha humedad; señal de que el invierno, el invierno cubano ha llegado.
Y con él, aparece una de las temporadas más lindas, las Navidades, momento de comprar adornos nuevos -los más asequibles por supuesto-, armar el arbolito -ya que es casi imposible comprar uno nuevo- , redecorar la casa, enviar felicitaciones a los amigos, degustar una buena manzana- si alcanzamos en la cola- , beber vino, sidra o cerveza helada, comer turrones y algún que otro fruto seco, cenar en familia...
Al menos en Cuba, por lo que he visto, han existido ciertas incongruencias con el comienzo de las Navidades. Lo digo por las oleadas de adornos navideños y arbolitos en casa a inicios del mes de noviembre; quizá unos por desconocimiento, y otros como yo, para apresurar un tanto su llegada.
Lo cierto es que existe una celebración, devenida tradición europea y aborigen de siglos atrás, que viene digamos a marcar el inicio de la Navidad: el Día de Acción de Gracias; festividad habitual en los Estados Unidos y Canadá, y prácticamente ignorada en gran parte del mundo.
Siglos antes, el Día de Acción de Gracias se llevaba a cabo al comienzo y luego de los ciclos de la cosecha, para agradecerle a la vida y celebrar los resultados, después del trabajo, junto con el resto de la comunidad.
La mayoría celebra hoy esta fiesta el cuarto jueves de noviembre, aun cuando era frecuente realizarla el último, con una reunión familiar que inicia reconociendo todo lo bueno sucedido durante el año y termina en una cena a base de pavo asado u horneado.
El viernes siguiente al Día de Acción de Gracias es tradicional la apertura de las compras navideñas: el esperado viernes negro, en el que los comercios efectúan rebajas de considerables porcientos.
Desde el cuarto jueves de noviembre hasta el 24 de diciembre (fecha víspera del 25, del nacimiento de Jesús, de la Pascua o de la Navidad) se comienzan a preparar los días festivos, marcados por las costumbres españolas y africanas fundamentalmente, debido a la incidencia del proceso de conquista y colonización, y a la llegada de los negros esclavos de África.
Muchas familias cubanas a partir del 23 de diciembre inician los preparativos. Se mata el lechón y en la noche se suele adobar con mojo criollo a base de naranja agria, grasa de puerco y ajo semifrito; para así a la mañana siguiente comenzar con el asado, ya sea en púa o al horno. Aunque, en la mayoría de los casos, el cerdo asado se sustituye por el pollo o pavo asado o en fricasé, debido a que el llamado “mamífero nacional” se reserva para el 31 (fin de año y víspera del Triunfo de nuestra Revolución).
A este menú se le suman los moros y cristianos o el congrí, la yuca con mojo, las mariquitas o tostones, y una buena ensalada.
Al término de la cena de Noche Buena (la cual no tiene una hora fija para empezar), los feligreses, practicantes del catolicismo, proceden a la Iglesia para participar en la Misa del Gallo, ceremonia oficiada generalmente a las once de la noche del 24.
El 25, día de la Navidad, es una jornada mucho más tranquila, ideal para acabar la botella de la noche anterior, para la visita, para acudir a la Iglesia y conmemorar un año más del nacimiento del hijo de Dios.
La cubana no habitúa estar en la cocina y hacer grandes comidas. Es el día de la montería, o lo que es lo mismo, comer lo que quedó de la noche anterior.
Para celebrar las Navidades no necesitamos tener abundancia, ser religiosos, numerosos o fiesteros.
Las Navidades son una excusa, una de las tantas que tiene el año para pasar tiempo con la familia, con los amigos, disfrutar del hogar, visitar o al menos llamar a seres queridos, quizá enviar tarjetas; agradecer a la vida, no solo por lo que tenemos o por lo que hemos logrado, también por lo perdido, que a veces es tan inevitable.
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