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Recuerdos

28 Noviembre 2016
Autor  Fidel Troya García

Tuve la inmensa responsabilidad de haber sido elegido Diputado a la Asamblea Nacional en el período que va desde 1993 hasta 1998. De aquellos años atesoro muchos recuerdos, de lo intenso de los debates, de la participación de los ministros en las comisiones de trabajo, de la búsqueda de soluciones a los múltiples problemas. Pero de todos los recuerdos el más valioso es de los momentos iniciales de cada sesión.


Llegábamos al Palacio de las Convenciones con suficiente tiempo para tomar un café, buscar la prensa o saludar algún amigo, faltando unos diez o quince minutos nos dirigíamos a nuestros puestos en el salón plenario.
Los murmullos invadían la sala, continuaban los saludos el ir y venir hasta los cinco minutos previos al inicio de la sesión. Entonces todo se empezaba a calmar, invadía el salón un silencio, pero no piense que era de esos silencios de tedio, no todo lo contrario, era un silencio expectante, cómplice, las miradas se dirigían al extremo derecho de la presidencia, por donde sabíamos que entraría él.
No exagero si digo, que entre los miembros de la Presidencia también se implantaba el silencio que mencioné. Y al igual que nosotros miraban en la misma dirección.
La entrada de los ayudantes y escoltas, provocaba el máximo clímax, que estallaba cuando el Gigante de Verde Olivo hacia su entrada, entonces el silencio se quebraba por una ovación que parecía interminable, y el mítico nombre se coreaba una y otra vez, hasta que las notas del Himno Nacional imponían el silencio.
Siempre participó de todas las sesiones. Presentado el orden del día se iniciaban los trabajos, precedidos por la exposición del responsable del mismo, y a continuación se escuchaban las intervenciones de los Diputados que habían solicitado la palabra.
Fidel se mecía en su sillón, apuntaba el nombre del que realizaba la intervención, y tomaba apuntes, a ratos como que cerraba los ojos, quizás para escuchar mejor, quizás para que su pensamiento volara en busca de las respuestas, así uno tras otro, pacientemente escuchando, meticulosamente apuntando.
Los debates eran interrumpidos, por recesos para el almuerzo o la comida, y ya en horas de la noche, después de escuchar a decenas de personas, de pronto el Gigante solicitaba la palabra, y cuando ya nadie se acordaba del primer orador, Fidel lo mencionaba y extraía de sus apuntes los elementos esenciales de cada intervención para despùes llegar a la conclusión del debate o explicar por que se debía tomar una u otra decisión.
En cierta ocasión, debatíamos las medidas que debían aplicarse para enfrentar el período especial, y ya cerca de la diez de la noche, una Diputada de Santiago, con mucha pasión propuso que ya podíamos aprobar el paquete de medidas que se discutía desde la mañana. Fue como un corrientazo, Fidel prácticamente saltó en su butaca y preguntó quien dijo que aquí se debate un paquete de medidas, este país no aplica una política neoliberal, aquí no debatimos terapias de choque, y aquí no se aprueba nada sin la consulta con los trabajadores con el pueblo, porque entre todos tenemos la obligación de cumplir lo que aquí se apruebe después de la consulta con el pueblo.
Un gran ovación aprobó lo dicho.
En otro momento se analizaba en el salón plenario como resolver el problema de los apagones. La solución implicaba varios cientos de millones para construir un nueva central eléctrica de gran capacidad y al mismo tiempo realizar el mantenimiento de las que estaban en funcionamiento. El programa era complejo, implicaba no menos de cinco años de trabajo. Entonces Fidel preguntó, y mientras tanto que hacemos, seguimos con los apagones, esa no puede ser la solución de ahora.
Y a continuación explicó su idea de la generación distribuida, el cambio de bombillas de alto consumo, el empleo de ollas eléctricas, la generalización de otras fuentes alternativas y todos los principios de lo que hoy conocemos como la Revolución energética.
Por supuesto hay muchos más recuerdos, y una gran enseñanza, por compleja que sea la situación, siempre pensar en el más necesitado, y escuchar, siempre escuchar antes de tomar una decisión.
Fue una etapa fuerte, pleno periodo especial, donde tanto coraje expuso este pueblo para sobrevivir.

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