Holguín, mi querido Holguín
Hablar de símbolos significa hablar de aquello que debe y tiene que ser preservado, cuidado con esmero y legado a la posteridad con renovadas energías en cada nuevo momento histórico. Es la continuidad en el tiempo, en la conciencia, en la actitud, en el comportamiento.
Cuando reflexiono sobre esos fenómenos acudo a Martí: ...el libro que más me interesa es el de la vida, que es también el más difícil de leer, y el que más se ha de consultar en todo.
Inmersos en el acontecer vertiginoso de los acontecimientos algunos piensan que el momento actual exige, para marchar a tono con su devenir, cambiar, modificar y/o asimilar nuevos símbolos, que a su vez se manifiestan en actitudes y formas de ver, sentir y hacer la vida , en ocasiones rayando en los límites de lo socialmente permisible
Anteponer lo foráneo a lo auténtico, es negativo, y peor aún, considerar que lo llegado de otras latitudes, ahora a la distancia de un clic, es mejor que lo nuestro.
Símbolos e identidad se juntan en cada época. No podemos pensar que la manera de ser y sentirse cubano hoy en el vestuario, en la dinámica de la vida, sea igual que en la década del 30 del siglo XX, ni aún mucho menos que hace apenas 50 años; es cierto que los tiempos cambian y con el las personas, en cambio, los sellos que nos identifican permanecen, superan las barreras de lo nuevo y permiten seguir existiendo apegados y orgullosos de la familia, la localidad, el país.
La Loma de la Cruz y su escalinata; la Periquera y el parque Calixto García; el Estadio Mayor General Calixto García Iñiguez y la Plaza de igual nombre; el Hospital Vladimir Ilich Lenin y el pediátrico Octavio de la Concepción y de la Pedraja, son símbolos tangibles que identifican a la ciudad, al municipio y a la provincia. Lo mismo sucede con el Hacha de Holguín, el Escudo de la Provincia, el Aldabón de la Periquera. A través de ellos se alcanza la integridad que aflora en la vida cotidiana de la municipalidad.
Hermosa comunión de lo específico y lo universal en las manos y la forma de vivir y hacer de los hombres y mujeres que conforman nuestra sociedad y de sus instituciones.
Los ríos Marañón y Jigüe no tienen ya el ímpetu que cautivó a los padres fundadores de nuestra ciudad en el Valle de las Delicias, pero los sentimos elementos inseparables de la identidad local. Hoy como ayer, al caminar por las calles de la ciudad, se busca, desde cualquier barrio o ángulo caprichoso de su geografía, la Loma de la Cruz, legendario amuleto a cuyo abrigo sentimos, con pasión, el orgullo de la holguineridad.
Descubrir la línea blanca de su escalinata promete, cual faro en la mar, que vamos hacia puerto seguro. Amar, proteger, cuidar y preservar esos símbolos es también la defensa de los valores que depositamos con esmero en los hijos y en el futuro.