Temprano, como todo campesino, iniciaba los trabajos en la finca familiar, la caña, el arroz, la papa, la ganadería u otras faenas necesarias. Y aunque sabía calcular el tiempo por la altura del sol, prefería que un sonido lejano le indicara la media mañana. Entonces, no podía evitarlo, se detenía a escuchar; sus ojos buscaban la estela de un humo negro que lo transportaba hasta los caminos de hierro -distantes varias leguas- para sentir como una especie de llamado que no sabía explicar; quizás eran los aires de modernidad o los deseos de aventura que los adultos, como niños, siempre atesoran. Ese día tomó la decisión.