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De pitazos, recuerdos y alegrías

23 Julio 2019
Autor  Fidel Troya García
Foto: Tomada de Internet

Temprano, como todo campesino, iniciaba los trabajos en la finca familiar, la caña, el arroz, la papa, la ganadería u otras faenas necesarias. Y aunque sabía calcular el tiempo por la altura del sol, prefería que un sonido lejano le indicara la media mañana. Entonces, no podía evitarlo, se detenía a escuchar; sus ojos buscaban la estela de un humo negro que lo transportaba hasta los caminos de hierro -distantes varias leguas- para sentir como una especie de llamado que no sabía explicar; quizás eran los aires de modernidad o los deseos de aventura que los adultos, como niños, siempre atesoran. Ese día tomó la decisión.

Con la ayuda de amigos y familiares pudo alquilar una modesta casa en la ciudad de Morón, se mudó con la naciente familia, al primero de los hijos pronto le acompañaría otro. Comenzó a buscar cómo llegar al ferrocarril, no era fácil, por fin lo logró, no sin antes firmar en la primera hoja de su expediente laboral, el consentimiento de ser despedido si la compañía lo consideraba necesario.

Subir al tren el primer día fue como un regalo de cumpleaños, sintió que su vida estaba ligada por siempre a los pitazos y movimientos de los coches en la vía, la instrucción escolar  elemental  le impidieron aspirar a los puestos de mayor complejidad. Se inició en el trabajo de los coches expresos, recibía y entregaba mercancías en las estaciones de origen, destino y el tramo; su carácter afable le ganó inmediatamente incontables amigos, amistad que trascendió el trabajo en las buenas y las malas, porque los ferroviarios son así, se unen como los brazos mecánicos de los trenes.

No ganaba mucho, alcanzaba para mantener modestamente la familia, con dos varones consideraron que era hora de buscar la hembra. Transcurría el año 1958, sin esperarlo le recordaron la cláusula de la primera hoja de su expediente o tomaba una plaza en el distante Cacocúm, el nudo ferroviario del Oriente. Dos hijos y una mujer embarazada fueron razones suficientes para el viaje.

No se sintió nuevo al llegar, la fraternidad ferroviaria le ayudó a establecerse, surgieron nuevos amigos, entre ellos Mérida, Aguilera y sus familias, con quienes compartía inquietudes de justicia social. A finales del 58, el temido Sosa Blanco, imponía el terror en los llanos del Oriente, muchos hogares humildes fueron quemados, las avionetas ametrallaban indiscriminadamente; cavó un hueco dentro de la casa, y con una escalera los hijos y la esposa con el embarazo en sus finales, bajaban para protegerse.

Nuevamente los amigos, halando la vida y sus problemas como la locomotora tira de los coches para llegar a su destino, le facilitaron trasladarse a una casa con mejores condiciones frente a la estación del ferrocarril.

El último día del año 1958 los dolores de parto indicaron que la familia se ampliaría, la jornada no podía ser más compleja, las tropas rebeldes atacaban el poblado, en horas de la tarde se produjo la sorpresa, la esperada hembra se convirtió en dos varones.

La Revolución conmocionó al país, una nueva época, y la necesidad de radicarse en la ciudad de Holguín. La ilusión de un nuevo embarazo, esperar la ansiada hija, y al final, en cambio, tener la llegada de otro varón.

En la estación de ferrocarriles de Holguín nuevos amigos, Yuyo, Sánchez, Gutia, Angelito, Rosabal, los modestos reparadores de vía, Chefin y el negro Lázaro, el mudo, al que apreció de manera particular, el trabajo en el sindicato, los juegos de dominó y los tabacos torcidos a mano, compartidos con los amigos, mientras, los hijos se divertían entre las grandes carretillas que se parecían a las de las películas silentes de los domingos; todos estaban a  la espera del tren, cuyo pitazo de entrada tornaba el apacible momento en un torbellino de personas, equipajes y carga.

El tiempo pasa, la vida impone duras pruebas, se refugia en el trabajo, el salario modesto, nunca llegó a los doscientos pesos, se acerca la hora de la jubilación, para incrementar la chequera vuelve al expreso, en el tren Holguín-Habana. Su compañero de tripulación es Arsenito, buen amigo, se cuidan mutuamente, sentados cerca de la puerta del coche cuentan historias, chistes, ríen, buscan soluciones a los problemas del trabajo y la vida.

Ya no está, tampoco están sus amigos del ferrocarril.

Por estos días, al escuchar los pitazos de la locomotora anunciando su entrada, te he visto Papá, contento con tu tren, toda la familia recordándote, orgullosos de ti; Pascual Troya Amador, un eterno ferroviario.

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