Crónica de un tren anhelado
No fue el sábado 19 de noviembre de 1837, y sí el jueves seis de junio de 2019. No fue a las ocho de la mañana, y sí cercano a la medianoche. No fue en La Habana, en la terminal de trenes de la actual calle Oquendo entre Estrella y Maloja, que posteriormente diera paso a la flamante Villanueva, en los terrenos que ocupó el Capitolio, y sí en la ciudad de Holguín, en la terminal de trenes de la calle Vidal Pita entre Libertad y Maceo... donde el medio de transporte moderno, probablemente más antiguo, en su recorrido nacional, y luego de unos 14 años de silencio, volviera a encantar con su estridente pitido a los citadinos.
Incomparable con nuestro trencito local, tanto en andamiaje como en confluencia de pasajeros. Un acontecimiento que además de histórico, por lo que respecta en la dinámica del traslado urbano de la Cuba actual, es cultural. Los medios de transporte lo son, porque propician la interrelación humana y el intercambio de ideas, recogiendo a personas de todo tipo: mestizos, blancos, negros, católicos, protestantes, ateos, santeros, curanderos, artistas, políticos, médicos, periodistas... Los medios de transporte propician la transculturación.
Y más que los ómnibus, los trenes. Los ómnibus llevan una hoja de ruta más citadina. Los trenes se abren paso en la maleza, en lo insospechado, en lo desconocido. Y a las personas les gusta.
Los holguineros lo anhelábamos. Hace unos quince años que solamente podíamos ir hasta Las Tunas, Guantánamo y Santiago. Y ahora poder recorrer toda la Isla sobre carriles y ser arrastrados por una locomotora entusiasma.
Lo pude comprobar el pasado jueves, bien entrada la noche, cuando una considerable representación del pueblo de Holguín se dio cita en la terminal de trenes para esperar el arribo del Habana-Holguín con sus 12 coches de fabricación china: cuatro de primera clase, siete de segunda y uno de servicios, como parte del viaje de prueba de la fase de puesta en marcha de ese gigante azul, que iniciará la transportación de pasajeros, presumiblemente, en julio o agosto próximo.
Ese entusiasmo colectivo casi que fue comparable con el de la inauguración de la primera línea de ferrocarril que hubo en Cuba, desde La Habana a la ciudad de San Felipe y Santiago de Bejucal, el lluvioso sábado del 19 de noviembre de 1837.
El informe que la Junta de Fomento recibió de la Comisión de Camino, y no los holguineros del semanario ¡Ahora!, decía que las salidas de ese día, que por cierto, fueron dos, una a las ocho de la mañana y otra a las dos de la tarde, fueron presenciadas por una multitud considerable de personas, movidas por la curiosidad, pero conscientes de su importancia, quienes aplaudían y gritaban vivas repetidamente.
El tren llegó a Holguín, y lo seguirá haciendo de ahora en lo adelante; promoviendo el desarrollo, favoreciendo el traslado y la confluencia de personas, y propiciando la cultura. Aplaudo el suceso. ¡Qué viva!