Caminaron los pasillos como hace diez años cuando se iban, con la nostalgia a cuestas, con la añoranza por los que no están, con los deseos de regresar, en físico y en alma.
Fue quizás, el único momento en el que nadie se preocupó por el tiempo, el trabajo, la casa, o las parejas. Fue quizás el instante que nos regala la memoria, el apego, el deseo, y el empuje, ese instante que se congeló para recordar el hermoso período que vivieron en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVC) “José Martí” de Holguín, aquellos que se graduaron hace una década en la Unidad 4, durante los años del 2006-2009.
Llevan en la piel, más que en el recuerdo, esa generación que difícilmente pasa desapercibida. No quieren más que volver a desandar esos albergues, esa unidad docente, esos laboratorios, escapársele al internado, jugar baloncesto en la cancha, bañarse en el 00, volver a tocar esa baranda húmeda, el azadón del profe Espinosa, o volver a marchar bajo el mando del profe Gonzalo vísperas de su cumpleaños.
“Ha sido un regalo enorme y una oportunidad para que se reúnan y hagan que regresemos mentalmente a esa etapa tan bonita, que comparamos con la que tenemos hoy. La oportunidad debe repetirse”.
Quién sabe si la disciplina vuelva a quien se le perdió al salir de allí, con ese rigor militar que, milagrosamente se extraña. Son 40 que se presentan como el primer día y cuentan cómo han sido sus vidas, cuánto los marcó estudiar en el IPVCE, cuál fue su mayor travesura.

A la par que afirman o niegan cualquiera de las historias que en aquellos momentos eran “Trending Topic”, aún sin redes sociales. Algunos se enteran allí, mientras sonríen con la reedición del boletín Adolescente, en sus manos hoy, con un diseño novedoso pero con las esencias de aquel que circuló en los años de vocacional.
“A la vocacional debo agradecerle la familia hermosa que tengo hoy, porque a mi esposo lo conocí en onceno grado y nos hicimos novios. Vamos a cumplir 12 años de estar juntos. Volver aquí me trae muchos recuerdos, donde nos dimos el primer beso, el día que nos graduamos con la incertidumbre de no saber si nos volveríamos a ver”, dice Aliuzka Batista mientras sostiene, de un lado a su pequeño Aaron, y de otro, a su amado esposo Yordanys Aguilera, en espera de un segundo bebé que completará la familia feliz.

“Yo los vi a todos más bonitos, fue muy útil saber qué han estudiado, dónde trabajan, en qué nos podemos ayudar, recordar lo que nos une que es esta etapa inolvidable, cuando yo cantaba en el albergue, lástima que de ahí no pasó el talento”, comenta sonriente Mayelín Ochoa.
Ha pasado el tiempo. Se han convertido en médicos la mayoría, económicos, licenciados en turismo, periodistas, ingenieros civiles, informáticos, cuentapropistas, abogados, agrónomos, dirigentes, soldados rasos y hasta etcétera, pero todos se miran igual o con más cariño, se intercambian números de teléfonos, se abrazan algunos y preguntan por otros.
Escriben sus memorias para una cápsula del tiempo que desenterrarán en diez años más y custodiará una tarja conmemorativa de la visita. Flotan los papeles en forma de loto con buenos deseos para la vida de todos, por la dicha de volverse a reunir y rememorar tiempos felices, como lo cuenta Ramón González, gestor e impulsor del encuentro.
“Volver a la vieja escuela, a esa que nos nutrió, esa que llevamos en la piel, cuando me vi de nuevo entre aquellos que compartieron locuras, fue verdaderamente volver en el tiempo, cuando yo aun estaba formando mi personalidad, conociendo a los que serían mis amigos de siempre. Fue muy lindo que pudiésemos lograr un encuentro así, repartido en muchísimos capítulos”.

Y la visita guiada no es en silencio. A cada paso lo interrumpe una foto o un recuerdo. ¡Esta es mi aula, aquí me sentaba, aquí me agarraron, desde aquí vigilaba o aquí pasó esto! ¡Me acuerdo, nunca se me olvida, todavía eso está ahí! Frases que devuelven al pasado, como el nombre de Rafael en la antigua cancha donde solía jugar.
“Hicimos un homenaje al compañero de siempre, a Rafael Sánchez, que compartió momentos lindos con nosotros y se nos fue meses después de habernos graduado. A él dedicamos un minuto de silencio porque lo recordamos con alegría, aún jugando en la cancha de baloncesto, bailando casino, con esa energía contagiosa que lo caracterizaba, así lo queremos recordar siempre”, apuntó Ramón.
Mucho ha cambiado la vocacional, hoy convertida en un gran complejo educacional, con computadoras y laboratorios en mejor estado. Puede que no exista el Edificio F donde tantas historia quedaron grabadas, pero allí está el letrero para recordar a todos aquella sentencia de Fidel: “Si estas fuesen escuelas para señoritos y señoritas a los que hay que prepararles todo desde tenderles la cama, el desayuno y tener un ejército de trabajadores a su servicio para que durante todo el día charlaran mucho, estudiaran poco, y holgazanearan bastante, entonces estas escuelas no se diferenciarán de las escuelas para hijos de burgueses”.

Lili Marlen Rodríguez Prieto, la antillana, se levantó a las dos de la madrugada para coger el tren y llegar puntual.
“Vine porque quería ver de nuevo a las personas que marcaron mi vida de alguna forma, al lugar donde vivimos tantas cosas juntos. Esos recuerdos que nos marcan eternamente. Me sorprendió descubrir esos secretos que hasta hoy se revelan”.
Elsy Bermúdez, hoy Jefa de la Sala de Neonatología del Hospital Lenin, lo cuenta así: “hace diez años salí de aquí con muy buenos recuerdos. Fue maravilloso ver personas de las que no sabíamos, tantas iniciativas, tantos momentos que se recordaron. Deseo salud, amor y prosperidad para todos”.
Por eso brindaron con vino y continuaron reconociéndose en ExpoHolguín, donde encontraron hasta el profe que no pudieron ver en su visita. Saltó uno de ellos y le dijo “no se acuerda que por poco nos fajamos” y el profe con cariño le puso la mano y le respondió: “eras de los revoltosos.”

“Es una etapa que no olvidaremos nunca. Nuestros corazones están sellados con un sello que dice IPVCE. Hoy cuando hablas de la “cuatro” uno se eriza por las emociones que vuelven. Donde quiera que estemos recordaremos esa hermandad que creamos allí”, asegura convencido Osmel Pérez.
“Me encantó revivir esas anécdotas, volver a ver a mis amistades, así como volver a ver aquellas caras que no veía desde la graduación”, dice David Lawrence.
Un esfuerzo de muchos que no temen volver a invitarse para que su paso por la vocacional José Martí no se olvide nunca. Que trascienda el mejor día, aunque hayan tenido malos, que conserven las alegrías, el mejor examen, y los recuerdos de aquellos profes que forjaron su carácter.
Habrá que hacer un alto cada vez que mencionen a la Unidad 4 y el entusiasmo de esos muchachos que no dejarán morir jamás sus recuerdos allí.
