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Madre y nada más…

10 Mayo 2019
Autor  Grethell Cuenca Durán

Como la Habana bien vale una misa, mi madre un libro de crónicas. Con sus historias, podría haber escrito varios tomos… fue la única cara que vi al nacer y la única que sigo viendo hasta hoy, en mis momentos más alegres, en los más oscuros, en los instantes de triunfo, y en las derrotas más sonadas.

 

Es la única con la que emprendo hoy batallas que nunca gano, la única a la que le permito coacción, y a la que le he conocido el mejor chantaje emocional… el más efectivo…a la que regreso una y otra vez, cuando algo me sucede, y parece que lejos de crecer y madurar, cada día se hace más joven en esa función.

Es que ella tiene tanto de heroína como esas que la historia ha inmortalizado… no porque me entregó su vida literalmente, nunca existió nadie más que no fuese yo, ni siquiera por eso… que es bastante… sino por tener esa habilidad para tranquilizar o aliviar el más terrible dolor, para dar refugio en la más agotadora penumbra.

Y eso que Delia Rosa es lo que yo diría… un personaje… complicada como ecuación trigonométrica… imposible de contradecir, imposible de complacer absolutamente, imposible de engañar, incapaz de convivir con otros…   demasiado fuerte, hecha de golpes que ni el tiempo ha podido curar… en el molde de la humildad pero en la presión de tener siempre que probar su valía.

Y mira que la probó… es y será eternamente un espejo en el que evaluarme cada vez que me falte fuerza, cada vez que me falte sensibilidad, cada vez que me falte optimismo o felicidad, cada vez que me falte dignidad y honradez, cada vez que falte verdad en mi vida.

Pareciera que todas las madres están hechas para sanar a los demás mientras renuncian a sus deseos. No son pocas las que me dicen aprovecha… cógele el gusto ahora que luego ni te acordarás a que sabe porque lo guardaras para ellos.

Y mientras me hago la idea, pienso nuevamente en las cosas a las que renunció mi madre. En esa lista solo sobrevivió el trabajo.

A solas puede que me señale y regañe, con ese tono de escarmiento, pero en público se jacta del resultado de su esfuerzo, con orgullo habla de su hija, caprichosa, a veces malcriada, un tanto egoísta por ser única, pero su hija… con defectos que adora y solo ve en silencio, porque ante los demás es la mejor.

Yo no tengo el problema de elegir a quien me parezco o saqué mis habilidades… no necesito que la ciencia lo confirme. Lo que soy, es el resultado de su infinito amor, es la obra mágica de la chancleta mezclada con el abrazo, las lágrimas de arrepentimiento y una voz enérgica que entre mi nombre siempre insertaba un mi niña, mamita, Gretica. Soy el beso en la frente de sus noches solitarias, soy el grito desesperado en el barrio al llegar de la escuela, soy sus cabezazos de cansancio con un cuento sin terminar, soy quien gana las partidas de cartas que sus manos ya no pueden sostener.

Soy ella, dicen muchos, y busco en su hermoso rostro una señal de aprobación… porque no hay un día que no le dedique un pensamiento, un recuerdo, una canción.

No hay un día que no le envidie su figura o su poca consideración para con los hombres. Entrenada en el arte de “planchar” a mis pretendientes, como todas las madres, cree que nadie merece a su hija, y lamentablemente no son pocas las veces que tienen razón.

Es mi historia reflejada en la de muchos hijos que este domingo rememoran sus más entrañables recuerdos con mamá. Este ser especial que, pasado el tiempo, sigue latiendo en nuestras almas como el primer día. Ser madre es una dicha, un regalo, pero desde mi punto de vista…mucho mejor es ser sus hijos.

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