Los temas de identidad son inagotables. Desde diversos puntos de vista confluyen en espacios comunes, en profesiones, oficios, costumbres, tradiciones y maneras de ser y actuar.
En Cuba son muchos y variados, pero siempre los hay. Si tuviéramos que escoger uno transversal a toda la sociedad yo apostaría por la industria azucarera. No es necesario ahora hacer su historia, pues somos de alguna manera producto de su desarrollo.
En la actualidad, por razones culturales, tecnológicas, de diversificación de la economía, y sobre todo políticas (pues con la Revolución se eliminó el llamado tiempo muerto), el inicio y desarrollo de la campaña azucarera se reduce a exponer las cifras pautadas para la producción, la marcha de la siembra, los problemas industriales, los rendimientos, el impacto del clima y los compromisos de cumplimiento o las causas de no alcanzarlos.
Y aquí se pierde la esencia de lo que significa la zafra azucarera. Ella es más que cifras y compromisos, reuniones, explicaciones o cumplimientos.
Si lo duda visite un batey azucarero, días antes del inicio de la contienda, las personas comentan sobre la situación de la industria, del estado de los caminos, de la caña, del transporte, de las vías férreas, y sobre todo, del central. Esa enorme nave con misterioso hechizo, que atrae cada día a cientos de hombres y mujeres, decenas o centenares de camiones, carros del ferrocarril, y otros miles de componentes e insumos para la producción del grano de azúcar.
Sin embargo, toda esa parafernalia no es suficiente para entender la zafra, hay que pensar en las familias, pues cuando se inicia la contienda todo se subordina a ella. Los radios y televisores deben ser escuchados en un tono bajo y los celulares no pueden sonar cerca del lugar donde descansa por unas horas él o ella, para incorporarse nuevamente al puesto de trabajo.
Los aficionados a la pelota pierden las transmisiones y los fanáticos llegan a negociar el cambio de turno para no perderse el juego decisivo. Los jubilados se sientan en los parques cercanos a la industria, y por el olor de las mieles o el color del humo de la chimenea, o la cantidad de carros de caña en el patio del ferrocarril saben cómo marcha la producción.
Los pitazos del central marcan las horas, si muele bien hay alegría, si lo hace con problema toda la comunidad lo siente.
Un poco más allá en los campos se vive otra experiencia, el frío de la madrugada, la rotura de la combinada o el camión, la lluvia haciendo infernales los caminos, y todo chocando con la voluntad de hacer y enviar caña al central.
Y así día tras día desde el pitazo inicial en noviembre y hasta el mes de abril del próximo año, unos 160 días de zafra, en los cuales la identidad nacional tiene los olores de las mieles y el sacrificio de muchas personas.