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Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria

27 Febrero 2017
Autor  Isabel Ríos Rodríguez

En lo más intrincado del monte en un caserío humilde, al que llamaban San Lorenzo, en las montañas de la Sierra Maestra, llegó después de su destitución Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, lugar por el que transitó los últimos días de su existencia, sin ninguna otra compañía que no fueran los recuerdos de la guerra de 1868 y los de su familia.


José Martí, al referirse al Padre de la Patria dijo: “De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino”
Ejecutado por orden del Capitán General Antonio Caballero y Fernández de Rodas, el joven mambí había sido apresado por las tropas españolas, quienes pusieron su vida en la balanza a cambio de la sumisión del jefe supremo de la Revolución. Fue entonces cuando Céspedes, supeditando el amor paternal al imperativo del deber, pronunció su memorable frase: “Oscar no es mi único hijo, lo son todos aquellos que mueran por nuestras libertades patrias”. Esas palabras duelen todavía, pero pasada esa durísima prueba, afrontaría otras no menos difíciles que también nos llevan a identificar su excelsa figura con el destino de la nación cubana.
El gobierno español fue cruel al impedirle viajar al extranjero para visitar a su esposa e hijos, como medida se le confinó el 23 de enero de 1874 en esa finca, en la Sierra Maestra. Allí se dirigió, sin escolta, pues el gobierno no se lo permitió. En la quietud de la montaña se dedicó a escribir y a enseñar a leer a los niños.
Céspedes fue guía de un límpido patriotismo que entrañaba una vasta cultura y visión global de la sociedad de su tiempo. Solamente teniendo en cuenta ese fundamento cultural y cosmopolita de su personalidad, es que puede entenderse su inclinación resuelta a la independencia total y absoluta de Cuba. Este excepcional revolucionario nació el 18 de abril de 1819 en Bayamo, actual provincia de Granma.
Aunque era un hombre todavía joven, pues tenía solo 55 años, luce prematuramente envejecido. Pobre de solemnidad, vestido con lo mejor que puede hallar en su guardarropa, se auxilia de la rama de un árbol para andar por el monte.
Las venganzas mezquinas han logrado que permanezca virtualmente cautivo bajo el estatuto de residenciado, viviendo en el apartado monte, rodeado solo de los pocos fieles que acompañan a los grandes redentores.
Con una cartilla rústica, aprovecha para enseñar a leer y escribir a los niños y ancianos campesinos que le tributan los últimos afectos. Es capaz de abstraerse en la meditación del juego de ajedrez, como si supiera que su vida también depende de movimientos que no son fáciles.
De alguna manera ellos supieron dónde estaba, y la operación en su búsqueda comenzó sigilosamente, ascendiendo el intrincado camino que va desde la playa hasta San Lorenzo. El Presidente viejo, como le llamaban, permanecía solo con Francisca (Panchita) Rodríguez, cuando una niña que llega a pedirles sal anuncia que soldados españoles rondan por los alrededores.
Revólver en mano, en lugar de tomar el camino de la cuesta del río, entre cuyos lirios solía recrearse, decide internarse en el monte repleto de abrojos y espinas, ascendiendo hasta el peñón. Y allá, desde lo alto de ese risco, se derrumba por el barranco hacia el precipicio.
Su hijo y sus compañeros habían bajado a un lugar próximo y desde allí escucharon los dos disparos. Ellos solo pudieron encontrar jirones de sus cabellos y ropas, pues el cadáver fue arrastrado entre las piedras por sus victimarios. Al parecer, una traición puso al descubierto su paradero.
Así dejaba de existir el iniciador de la guerra de independencia en Cuba contra el gobierno español. Su cadáver fue conducido a Santiago de Cuba, donde se le dio sepultura.
Este 27 de febrero se conmemora el 143 aniversario de la caída en combate de Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, líder histórico de la gloriosa Revolución de Yara y primer Presidente de la República en Armas. Venerado como Padre de la Patria, no solamente ha de atribuírsele este título y propiedad mayor por su inquebrantable firmeza de seguir combatiendo, aunque esta decisión acarrease el infortunio de perder a Oscar, el menor de sus dos hijos nacidos del matrimonio con María del Carmen, además de prima, su primera esposa.

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