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Un león desde el oriente de Cuba

02 Febrero 2017
Autor  Manuel Zaldivar Mora

José Maceo nació el 2 de febrero de 1849, en la finca Las Delicias, antigua provincia de Oriente, en Majaguabo, San Luis.


Fueron sus padres el venezolano don Marcos Maceo y la cubana Mariana Grajales, descendiente de dominicanos. Marcos y Mariana contrajeron matrimonio en 1851 ya Mariana tenía cuatro hijos de su primer matrimonio con Fructuoso Regüeiferos, llamados Felipe, Fermín, Justo y Manuel.
De los primeros en incorporarse a la guerra estuvo José Maceo Grajales, aquel mulato de recia estampa y estirpe como de rayo, que vivió media centuria atravesada por los rigores de tres contiendas. Navarro Luna lo llevó a versos magníficos: “siempre lo vio el primer resplandor del machete, siempre estuvo en el puesto primero de la sangre”. De soldado, llegó a general, y cada ascenso estuvo signado por la impronta de una herida. En más de quinientas acciones de guerra, su cuerpo recibió una veintena de impactos. Y, como si fuera poco tanto arrojo, el general José Maceo protagonizó una leyenda internacional por su fuga desde una prisión de Cádiz, las estancias en cárceles de Puerto Rico, África y Europa, hasta una evasión definitiva para llegar a Cuba. Conocidos son la admiración y el respeto que se tenían los hermanos Antonio y José Maceo Grajales. El uno era el Titán de Bronce; el otro, el León de Oriente. Cuentan que José siempre se subordinó a Antonio, aún cuando no compartiera sus decisiones. De esa relación mutua hay anécdotas. Una de ellas es que luego del combate de Peralejo, el Titán decía: “Si yo tengo allí a José, cojo a Martínez Campos. El hombre del Zanjón escapó de la tremolina porque no estaba allí José”. Otra refiere que después de la batalla de El Jobito y del furioso contraataque de José Maceo, en el campamento mambí se produjo el encuentro. Entonces, el León le dijo a su hermano: “Yo no sé por qué te figuras que no sirvo para mandar cuando tú estás, aquí te traigo un tute de caballos”. Ese era su trofeo.
José Maceo Grajales cayó en combate en la Batalla de Loma del Gato el 5 de julio de 1896 y murió poco después en La Soledad de Ti Arriba.
“Arriba, la muerte es cuestión de fecha”, gritó el General José después de disponer las fuerzas para el combate y sucumbir a la impaciencia por no escuchar las descargas de fusilería mambisa.
Sus compañeros de luchas ocultaron celosamente su cadáver para que no fuera profanado por los españoles
Su muerte, fue una pérdida sensible para la revolución y abrió en las filas del Ejército Libertador un claro difícil de superar.