Son estas unas notas tristes, difíciles, no se puede atrapar en unas cuartillas la lamentable realidad. Sabíamos que por su larga y fructífera vida, por todos sus desvelos para cuidarnos y hacernos, y aquí el plural no es de modestia, sino que abarca a todos los humildes, a los necesitados de justicia social, de derecho a la vida, de dignidad, de su época, mejores personas, un día dejaría de acompañarnos físicamente.
Es irreparable, o como popularmente afirmamos, es la ley de la vida. Pero no cesará nunca de causarnos esta tristeza.
Sin embargo, esta tristeza compartida no conduce al desánimo, o la desesperanza, mucho menos al pesimismo. Se respira más una suerte de responsabilidad, no impuesta, o mandada a declarar, sino esa que nace de la verdad y de la dignidad personal, de honrar la memoria y la vida del más extraordinario de los cubanos. Del que Frey Betto diría alguna vez: ¡Dios debe estar agradecido de un hombre como Fidel!
Ese Fidel inmenso, juntando toda la gloria del mundo en un grano de maíz. El que escuchaba crecer la hierba y sabía lo que pasaba al doblar de la esquina.
El que, por sus cualidades de estadista y su responsabilidad con Cuba, el Che le confesó yo puedo hacer lo que te está vedado a ti.
El que un día preguntó: ¡Vamos bien Camilo! Y el hombre del sombrero alón dijo ¡contra Fidel ni jugando!
El hombre respetado por sus hermanos. Y uno de ellos, gigante igual que él, diciendo ¡Fidel es Fidel!
El hombre de las multitudes, de la palabra firme. El que convertía una plaza con más de un millón de personas en una infinita aula, dominada por la maestría pedagógica de sus preguntas y respuestas. Un método para involucrar, para hacer protagonistas, para reafirmar su convicción de que solo con el pueblo y junto a él se puede conquistar la utopía.
El que nos quisieron arrebatar en múltiples ocasiones y mientras volaba hacia el imperio mostró a la prensa internacional que debajo de su camisa no había más que un potente chaleco moral.
Al que le atribuyeron fortunas y riquezas. Y logró, cual milagro multiplicar la justicia y hacer de la paz un mandamiento divino.
El Fidel que nunca muere, porque como el mejor martiano, sabe que con el morir empieza al fin la vida.