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Álvaro Reynoso un hombre de ciencia

11 Agosto 2017
Autor  Manuel Zaldivar Mora

Nacido en el poblado de Alquízar, el 4 de noviembre de 1829, Álvaro Reynoso Valdés ocupa junto a Carlos Juan Finlay, Felipe Poey, Francisco de Albear y otros eruditos un lugar prominente entre las figuras más emblemáticas de la ciencia cubana en el siglo XIX.

Su padre y su tío abuelo, Antonio Reynoso Trujillo y Álvaro José Reynoso, hacendados cafetaleros con cargos de teniente y de capitán pedáneo, respectivamente, en un partido de Alquízar, mostraron un gran interés por la experimentación empírica agronómica y botánica.
Por decisión de su padre, en 1847 y con apenas 18 años, Reynoso parte para Francia con el propósito de continuar los estudios superiores iniciados en La Habana, y matricula de manera simultánea las carreras de química y medicina, en la Universidad de París.
Según plantea el Doctor Pedro Marino Pruna Goodgall, coordinador del colectivo de autores del libro Historia de la Ciencia y la Tecnología en Cuba, Álvaro Reynoso retornó a su tierra natal en 1858, y trajo consigo un laboratorio de química y una importante biblioteca, adquiridos con sus propios fondos.
Al año siguiente fue nombrado director del Instituto de Investigaciones Químicas de La Habana, y en sus esfuerzos por dotarlo de equipamiento avanzado, importó desde Francia el primer espectrómetro que existió en el país.
Uno de sus más significativos aportes radica en haber concebido un sistema integral de medidas agrotécnicas dirigidas a garantizar el cultivo intensivo de la caña de azúcar, basado en investigaciones acerca de las condiciones físicas y químicas de los suelos y de la propia planta, en la selección de nuevas variedades, el empleo de fertilizantes y la irrigación del terreno.
Académico Fundador y de Mérito de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y Socio de Número de la Sociedad Económica de Amigos del País, Álvaro Reynoso volvió a su Patria en 1883.
Debido a la falta de apoyo gubernamental para establecer una estación agronómica que había proyectado, pasó los últimos años de su vida haciendo por su cuenta investigaciones experimentales en caña de azúcar, café, cacao, algodón y tabaco.
Enfermo y abandonado, murió en La Habana el 11 de agosto de 1888. Su estatura como hombre de pensamiento lo sitúa entre las glorias cubanas de todas las épocas.

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